Eclipsados por la ira.
El reconocimiento de las emociones es vital para preservar las memorias presentes y ahondar en las que permanecen ocultas. La intensidad de las emociones forma una línea temporal y una expansión dimensional a través de nuestra existencia. Cómo ya hemos descrito alguna vez, nuestra llegada al mundo refleja, a priori, un simbolismo lleno de tragedia, la fuerza del llanto nos recuerda, con posterioridad, la ira y la injusticia, que parecen acompañarnos ocasionalmente durante la vida. El principio nos muestra vulnerables, ignoramos donde estamos y cómo dar los primeros pasos. La dependencia que depositamos inocentemente sobre los demás y sobre el entorno, nos hace parecer débiles. Y la fuerza logra imponerse a través del grito violento. Con el tiempo repararemos en que ese es nuestro primer error. Que la vida llevada a la práctica en un ensayo constante. Y que no todo es lineal, siendo precisamente ésto, un paradigma que nos traerá alegrías y decepciones a partes iguales. Volvamos a esa sensación de vulnerabilidad y de dependencia. Pronto empezaremos a sentir que la adaptación es nuestra única salida, no sólo para sobrevivir, sino para desarrollar un sentido que nos una con la vida. La adaptación es el puente que une el deseo y la realidad, la belleza y la realidad, y viceversa. Es la crisálida, la placenta que guarda memorias de lo antiguo y de lo nuevo simultáneamente. Lo que terminará construyendo el puente entre nuestras manos y nuestro corazón. Lo que irá definiendo la coherencia entre lo que sentimos y lo que hacemos...con ello. ¿Dónde quedan entonces la ira, la frustración y la injusticia? En los laberintos del alma. La intensidad que nos mece en las profundidades es guardiana del fuego interno. Nos protege de la apatía y nos recuerda la responsabilidad de nuestras decisiones. Cómo un gran hilo rojo que nos adentra al núcleo y nos devuelve a la salida, si no nos quemamos con él. El fuego ha sido uno de los motores de la civilización humana. Pero también puede ser devastador, tanto en su sentido literal como figurado. El abuso sobre otros recursos lo dejan actuar impunemente. Y conocedores de su poder, la falta de escrúpulos, pretende ejercer sus derechos a través de lo que representa. La violencia es un techo de cumbres altas. Que ha conseguido perpetrarse en infinidad de decisiones. La toma de decisiones y su influencia en el entorno es un tema complejo a los ojos de los patrones de la decepción. El desapego de la emoción, no habla únicamente de que no te afecten los acontecimientos externos, sino que requiere una comprensión profunda del sentido que tiene para todos los componentes, incluido no dejarse poseer por la emoción. El desapego no es egoísta sino un observador de la transformación de la realidad, un privilegiado espectador y constructor de la gran obra, que comprende el funcionamiento de la realidad existente y de la realidad que puede empezar a crear. De hecho, el desapego es una de las formas de libertad más depurada, pues entiende sin forzar. El desapego es un vínculo, un puente, no la destrucción de la unión. Los puentes son estructuras de acercamiento. Su horizontalidad, una muestra de actitud y responsabilidad, pero también de confianza y receptividad. En un paisaje que cambia con las estaciones, representa que aquello que une, nos hace también más libres, autonomía afectiva dentro de la suave fragancia de la fortaleza que emana en nuestra fragilidad.
Verónica Esteban Esteban.
Un eclipse nos enseña que los opuestos también pueden crear magia juntos.
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